El camino

Este viaje a mi pasado en Rute que, sin pretenderlo, emprendí unas semanas atrás está plagado de imágenes y lugares comunes, de rostros conocidos. Hace un momento acabo de leer un mensaje de María Antonia, la hermana de mi amigo José Joaquín. Dice lo siguiente: "He seguido tus escritos de vivencias y me han encantado. Enhorabuena y sigue mandando recuerdos bonitos". Y en ello estoy. A partir de ahora los publicaré en DETRIBU, una web muy especial que ha creado mi hija Marta y en la que voy a volcar todo mi cariño. El encaje es casual, por eso escasea el orden.

La vaquería en la Cueva la Cochina.
La vaquería en la Cueva la Cochina.

Por situar los antecedentes les cuento que el desencadenante de este recorrido fue, a cuentas de los higos chumbos, ver a mi padre, Francisco el de la Cueva la Cochina, en la puerta de la vaquería con el escobón y aquellos pantalones fijados con una guita a su cintura. Y he concluido que recordando me siento bien. Pero no es exclusivamente recordar. Es viajar al pasado y observar lo que allí ocurría con una perspectiva que llega desde medio siglo después. Miro y todo me resulta querido, cercano, conocido. Hasta sus tragedias.


María Antonia, a quien agradezco de corazón su mensaje, vive en la calle Portugueses. En su misma casa, que para eso es su hermano pequeño, también vivía José Joaquín, el Chechu. Y un poco más abajo, ya cerca de Los Barrancos -un callejón con una cuesta en curva de impresión que desemboca en la carretera Montoro-, Carmen y Andrés Bermúdez. En la calle Portugueses también residían mi tío José y mi tía Ana. Cierro los ojos y me veo recorriéndola, avanzando desde la iglesia Santa Catalina, superando el asilo, para llegar hasta la puerta del Chechu, que fue el primer amigo que tuve con moto. Aspecto importante, no crean, por eso lo resalto. Vuelo hoy hasta el portal de su casa y aún percibo el olor a gasolina. Me dispara. Es el olor de una libertad que sólo se lograba sentado de paquete a sus espaldas y que nos permitía desplazarnos en cuestión de minutos al Pantano, al Nacimiento, a la Fuente Alta, a la Cueva la Cochina...


A la Cueva la Cochina se llega por una carretera, las de las Lagunillas, que allá por los años 70 era un pésimo carril. Nace en lo más alto de la calle Priego. Desde la calle Granada -donde yo vivía entonces- también se puede ir por el Salaíllo y la calle Vista Hermosa. En mi niñez todo ese tránsito se hacía a través de veredas con grandes pendientes.


La carretera de las Lagunillas discurre entre subidas y bajadas justo por el mismo pie de una sierra que es como la que pintábamos de niños en nuestros cuadernos, con faldas teñidas por pinos verdes y coronada por dos picos, el más alto 'Las Cruces' y el más bajo 'El Canuto'. Ese era el camino diario de mi padre. En total tres kilómetros. Durante mucho tiempo lo hizo en una pequeña moto, y antes en bicicleta, pero sobre el año 73 nos compramos un reluciente Renault 4 de color burdeos que le permitió suavizar, aunque sea un poco, su dura vida. En ese 'cuatro latas' cada mañana antes del amanecer ponía rumbo a la vaquería donde unas vacas hambrientas le aguardaban para ser ordeñadas. A mano, por supuesto. Allí no había luz eléctrica. Unas veces eran diez vacas, otras más y otras menos. Pero, en cualquier caso, requerían cuidados permanentes. A ese trabajo no se puede faltar ni un día. Y además hay que atenderlo mañana y tarde.


De camino a la vaquería, que mi padre levantó ladrillo a ladrillo en solitario y con escasas herramientas justo delante de la mismísima Cueva la Cochina, hay que bajar la Cuesta de los Almendros. Al final de la cuesta, cuando la carretera comienza de nuevo a llanear, si miras a la izquierda vislumbras en mitad de la sierra un enorme agujero negro. Es otra cueva, la de los Grajos. Yo tenía en aquella época nueve años y el firme convencimiento de que por allí había que pasar rápido para no acabar engullido por semejante boca. No era lo único que me sobresaltaba en esa pisoteada ruta. Unos cientos de metros más adelante se halla la Pedriza, un pequeño cerro de fácil acceso y espectaculares vistas sobre el Pantano de Iznájar. A su pie hay un enorme peñón, que bien mirado parece un menhir, con una de sus caras planas. Mi padre me contó que durante la Guerra Civil ejerció de sangriento paredón. Aquella revelación provocó que ante mí surgiera una legión de fantasmas, sobre todo porque aquel camino tuve que hacerlo, cuando ya contaba con algunos años más, en no pocas ocasiones por la noche para ir hasta las Fraguas para conectar o desconectar el riego del huerto. Iba en una Mobilette y por allí pasaba a todo gas.


Justo antes de iniciarse el tramo final hasta la Cueva la Cochina, que comienza a la altura de las Fraguas -la finca donde mi padre tenía el huerto-, la carretera se empina. En mitad de esa pendiente se encuentra el corto acceso a la vaquería. Aquel era el destino de mi padre como mínimo dos veces al día. En verano, cuando no tenía colegio, yo solía acompañarlo. Él me enseñó a ordeñar y, según me comentó en alguna de sus cortas conversaciones, lo hacía muy rápido. Ordeñar quiero decir. Además de ordeñar y de embotellar la leche había que echarle de comer a las vacas y limpiar la nave. Resueltos todos esos trámites soltábamos las vacas en el patio. Y desde allí, apoyado en el vallado de un patio muy irregular y con suelo de estiércol, fue donde, con la mirada perdida en la profundidad de unas tierras que desembocan en el Pantano, comencé a soñar con otros mundos.


Supongo que parte de ellos los he recorrido. O que ya, como me ocurre con tantas otras cosas de la vida, no me apremia el descubrir. Será por ello que, en una de estas conversaciones hoy recuperadas, le he confesado a Carmen Bermúdez -Labermu- cómo sueño mi jubilación: ni más ni menos que como la juventud, encontrándonos quienes un día fuimos cada mañana en los merenderos del parque. Allí nos veremos. O eso espero.