Capítulo 2. Instalación en Huelva

Actualizado: 8 de sep de 2020

La vuelta a España no está siendo tan dura, lo que peor llevo es convivir en la casa con gente, creo que necesito más independencia, pero ya he conseguido al menos adecuar una de las habitaciones más o menos a mi gusto y sentirme cómoda.


Lo primero que he tenido que hacer a mi regreso ha sido volver a darme de alta como desempleada en el Ministerio de Trabajo, la ayuda económica que recibo desde diciembre se paró porque no comuniqué al organismo que seguía en el mismo estado -sin empleo-, un trámite muy sencillo que incluso se puede realizar online pero con el cual yo no estaba familiarizada y pasé por alto, hasta que recibí una cantidad mucho menor a la esperada en mi cuenta bancaria.


Mi casa en Huelva está divida en dos. Cuando mis padres la compraron era una sola vivienda pero decidieron compartirla con mis abuelos y tíos maternos. Está en una de las mejores urbanizaciones de toda la ciudad, con pista de pádel, de baloncesto, de fútbol, piscina y gran espacio para jardín y aparcamiento. Tiene tres entradas diferentes. Mi casa cuenta también con un sótano, donde guardamos Dios sabe qué, una gran terraza, dos balcones. Es espaciosa y si no estuvieran mis primos, con grandes lugares para la intimidad. Es lo que tiene compartir. Ahora sí, limpiarla es otro asunto. Para mi gusto hay demasiados chismes. Miles de historias y experiencias arrinconadas por todos lados. Trastos que ni funcionan pero que te hacen recordar que alguna vez formaron parte de algo. Y miles de libros. Según contaba mi abuela a la gente por Emiratos más de 8.000. La verdad, que habría que ponerse a contarlos y categorizarlos, es algo que me he puesto como objetivo. Me he enterado que hay un programa online que sirve de ayuda y luego tan solo pones el título o el autor y te dice en qué lugar de la casa se encuentra exactamente. Me encantaría poder hacerlo. Lo pondré en mi lista.

Imagen de mi casa, en la urbanización Villa Conchita de Huelva, España.
Imagen de mi casa.

He vuelto al gimnasio, eso me da mucha alegría y es piedra clave de mi rutina, que ya tengo una hecha. El deporte me conecta a la Tierra y hace que no olvide la satisfacción que le produce a mi cuerpo finalizar un entreno y ver cómo ha cambiado en estos dos años y medio. Lo bien que me siento. Además, tengo tiempo de sociabilizar un poco, no mucho, me cuesta abrirme de primeras a la gente. Cada vez tengo más la sensación de que la persona que ha vuelto a Huelva es muy diferente a la que se fue; lo pasé en grande y por nada cambiaría aquellos días, qué risas, pero ahora veo que la gran mayoría de mis amigos hemos tomado rumbos distintos y tenemos menos cosas en común.


La alimentación es otra de las cosas a la que debo seguir prestando atención, es lo que más me cuesta, comer sano, bien, mi gran tentación -y adicción- es el chocolate, creo que nunca lo dejaré, será siempre un amor que mantengo entre rejas pero al que no paro de visitar, ¡qué placer! La verdad, que en casa está difícil lo de hacerse su propia comida, si no como lo que hace mi abuela, se ofende, no entiende que tengo que llevar un orden en lo que me llevo a la boca y que si dejo de hacerlo, será por algo que me encante. Así que una pelea constante. Igual hace con mi prima, todo el día preocupada por lo que come o deja de comer, como si tuviera 12 años en vez de 43, que ella tiene que mirar por su bien, dice. ¿No será ella la que sabe mejor cuál es su bien?


He oído en las noticias algo más sobre el coronavirus, parece que está llegando a Europa. Siempre que oigo coronavirus me acuerdo de mis primeros años en Emiratos, traigo a la memoria cuando escribía sobre el Mers-Cov, el síndrome respiratorio de Oriente Medio, que causó la muerte del 35 por ciento de los infectados, los cuales se contagiaban por contacto con los dromedarios; recuerdo también el Sars, otro tipo de coronavirus. Ahora parece que ha llegado otro. Comenzó en China sobre diciembre, si no me falla la memoria.


Hace unos días, cuando aún estábamos en Emiratos y veíamos las noticias del canal 24h mientras comíamos, vimos una comparecencia ante los medios de un alemán que había sido aislado durante unos días junto a otros compatriotas por ser un posible positivo en las Islas Canarias, concretamente en La Gomera. El hombre parecía un poco angustiado, contaba su experiencia. Yo me atreví a hacer una burla y decir que lo estaban utilizando como conejillo de Indias, sin más, dije cosas como “pobre alemán la que le cayó”. Mi madre se reía. En ese entonces, era finales de enero, principios de febrero, ya habían reportado 170 muertos y 7.700 casos en China. La OMS, por su parte, había declarado emergencia global ante la epidemia, que ya había pasado a otros 15 países, entre ellos Finlandia y Francia. Rusia ya había cerrado sus fronteras al gigante asiático.


Hoy por hoy tampoco se habla mucho más sobre ello, pero cada vez veo a gente que lo nombra más. No sé por qué. No creo que sea algo que nos afecte, la verdad. Mañana viene mi prima pequeña Claudia y pasará la noche con nosotros. Tan sólo tiene 8 años pero sabe mucho. Además, le gusta hacer por las mañanas yoga y está aprendiendo algunas posturas. Luego solemos ir a dar un paseo y cuando terminamos nos tomamos un helado italiano de dos bolas cada una, ella de Kinder y limón y yo de Kinder y pistacho. Están deliciosos. Claudia es la hija de mi tío Manuel, el hermano pequeño de mi madre, quien falleció hace tres años ahora de un infarto mal diagnosticado por el médico. Fue horrible porque murió en la calle justo después de comprar unos medicamentos recomendados media hora antes en consulta. Creo en la vida y confío en ella, si sucedió así no habría que darle más vueltas, pero siempre te queda la duda de si se podría haber evitado.